Por Luis Perrière

Hay trayectorias artísticas que se construyen lentamente, a lo largo de décadas. Otras, en cambio, irrumpen con una intensidad tan extraordinaria que modifican, en muy poco tiempo, el lugar que ocupa su protagonista en la historia cultural de una época. La de Raúl De Los Hoyos pertenece a esta última categoría.
Entre octubre de 1924 y 1926, aquel joven músico nacido en Saladillo protagonizó uno de los ascensos más vertiginosos y sorprendentes de la escena artística porteña. En apenas dos años consiguió instalar sus composiciones en los principales escenarios teatrales, ingresar al selecto universo de las grabaciones fonográficas, llegar al naciente cine nacional y conquistar el reconocimiento de intérpretes, directores y autores de primera línea.
No fue un éxito circunstancial ni la consecuencia de un golpe de fortuna. Fue el resultado de una capacidad creadora excepcional que encontró en el Buenos Aires de los años veinte un escenario dispuesto a reconocerla.
La dimensión de aquella conquista puede comprenderse siguiendo una cronología que, por sí sola, resulta elocuente.
Octubre de 1924 / Octubre de 1925: doce meses que cambiaron su destino artístico
29 de octubre de 1924, el desembarco teatral
El Teatro Maipo, conocido como «la catedral de la revista porteña», recibe una composición de Raúl De Los Hoyos: “¡Sonsa!”, estrenada en la revista ¿Quién dijo miedo?. La presentación, a cargo de la actriz Iris Marga, representa mucho más que el estreno de un tango. Significa el ingreso de un joven compositor del interior bonaerense al circuito profesional de mayor exposición de Buenos Aires. La repercusión de aquella creación inaugura una etapa de intensa actividad artística y establece un vínculo con el mundo teatral que será fundamental para la proyección de su obra.
Febrero de 1925. La consagración fonográfica. Apenas unos meses después, su música llega a los estudios de grabación de Victor, una de las grandes compañías discográficas internacionales. La Orquesta Típica Fresedo, dirigida por Osvaldo Fresedo, “El Pibe de La Paternal”, registra instrumentalmente el tango “Con alma y vida”, composición de De Los Hoyos cuya música encuentra en la refinada interpretación de la agrupación una expresión de notable elegancia.
La llegada al disco representa un nuevo paso en su proyección. Sus composiciones dejan de estar circunscriptas al ámbito teatral para incorporarse a un mercado fonográfico que las pone al alcance de públicos cada vez más amplios.
En esos primeros meses de 1925 se produce también su encuentro con Carlos Gardel, quien lleva al disco, durante ese año, dos de sus creaciones más emblemáticas: “¡Sonsa!” y “Viejo rincón”.
La relación artística con “El zorzal criollo” adquiere una dimensión particularmente significativa.
Durante la grabación de “Viejo rincón” —según el episodio que trascendió por el prestigio que blindó al compositor saladillense a partir de ese momento—, De Los Hoyos interviene en la interpretación al ser consultado y le señala al cantor una corrección en la entonación de un pasaje musical. Hecho que molestó a directivos de Discos Nacional-Odeon y a Razzano, pero no a Gardel, quien sostenía que “el pibe podía tener razón” y humildemente le pidió a Raúl que le pasara la obra al piano; finalmente, “Viejo rincón” salió a la medida del cantor y del compositor.
El valor de aquella anécdota reside en lo que revela sobre la personalidad artística del joven compositor, no era solamente un creador que entregaba sus obras a los intérpretes; también tenía una concepción musical propia y la capacidad de defenderla ante figuras consagradas.
Pero Gardel no fue el único gran intérprete que incorporó sus creaciones a los registros fonográficos en ese “Año de Oro”. También llevaron su música al disco Charlo, Roberto Firpo, Francisco Canaro y Agustín Magaldi, uno de los tres grandes pilares del tango canción junto a Gardel e Ignacio Corsini.
A la vez, otros autores y dramaturgos confiaron sus letras a la música de De Los Hoyos. Es el caso de Roberto Lino Cayol, con quien creó diferentes composiciones destinadas a las revistas del Maipo, entre ellas «Me gustan todas», «Las alegres chicas del Maipo» y «Abajo los hombres». A través de aquellas producciones, importantes figuras de la escena porteña estrenaron sus creaciones: el actor y barítono Vicente Climent, Tita Merello y Celia Gámez, entre otras personalidades del espectáculo.
Sus obras eran requeridas, además, por las principales compañías discográficas del mercado, las multinacionales Victor (USA) y Disco Nacional-Odeon (Argentino-Alemana), junto con la pujante empresa argentina Electra, de Alfredo Améndola (tío de Juan D´Arienzo).
El joven compositor de Saladillo había conseguido algo extraordinario en apenas doce meses, sus creaciones circulaban simultáneamente por los grandes escenarios teatrales y por los catálogos de las compañías fonográficas más importantes de la época.

13 de octubre de 1925., la conquista cinematográfica
El estreno de El organito de la tarde, película de José Agustín Ferreyra, incorpora un nuevo territorio a la trayectoria del compositor. La participación musical de De Los Hoyos en esta producción, vinculada a su tango «”El alma de la calle (Callecita del suburbio)”, representa su ingreso al universo del cine nacional, todavía en plena expansión durante aquellos años.
La música también tuvo su voz en aquella conquista cinematográfica. Aunque El organito de la tarde pertenecía al cine mudo, la historia de “El alma de la calle” tuvo una expresión musical que trascendía la pantalla. El tango, compuesto por Raúl De Los Hoyos sobre versos de José Agustín Ferreyra Saavedra, “El Negro» Ferreyra, fue interpretado vocalmente por Mary Turgenova, esposa del director y protagonista de la película.
En aquellos años, las exhibiciones y presentaciones cinematográficas podían complementarse con interpretaciones musicales en vivo, antes o después de la proyección, y también durante las funciones, según la modalidad de cada espectáculo. En este caso, la canción encontraba su expresión en la voz de Turgenova, acompañada al piano por el propio Raúl De Los Hoyos. De este modo, la obra musical y la cinematográfica establecían un vínculo artístico que reunía al compositor, al director y a la protagonista en una misma experiencia cultural.
El fenómeno adquiere una dimensión particularmente interesante, sus melodías ya no solamente podían escucharse en los teatros, en los fonógrafos de los hogares o en las pianolas donde sus primeras creaciones ya se reproducían. También encontraban un espacio en las salas cinematográficas, donde música e imagen comenzaban a construir nuevas formas de comunicación con el público.
Teatro, disco y cine son tres ámbitos fundamentales de la industria cultural de aquellos años, alcanzados en un lapso extraordinariamente breve. En menos de un año, Raúl De Los Hoyos, “El Hijo de la Música”, había conseguido proyectar sus creaciones sobre los tres grandes escenarios del entretenimiento popular.
Un reconocimiento que trascendía su lugar de origen
La velocidad de aquel ascenso encuentra una explicación adicional en el reconocimiento que comenzó a despertar entre sus contemporáneos. El periodismo de la época llegó a presentarlo como un joven músico del pueblo de Saladillo que, sin padrinos, había conquistado Buenos Aires.
La expresión encierra una dimensión que merece ser recuperada. No se trataba solamente de la llegada de un compositor del interior bonaerense a la capital. Se trataba de alguien que había conseguido ingresar en los círculos más exigentes de la actividad artística y establecer relaciones profesionales con figuras que ya ocupaban lugares destacados en la cultura popular argentina. Uno de los episodios más significativos de aquella relación con el mundo de las artes musicales, el entretenimiento y los grandes intérpretes de su tiempo tiene como protagonista a Carlos Gardel. El vínculo que establecieron constituye un capítulo fundamental para comprender la proyección de la obra de De Los Hoyos y su permanencia en la historia del tango.
Una historia que sigue escribiéndose
Estamos conmemorando el Septenio del Primer Centenario de las Obras de Raúl De Los Hoyos (1924-1931 / 2024-2031). Para los saladillenses, recuperar esta historia no representa solamente un motivo de orgullo local. Significa reconocer que uno de los hijos de inmigrantes vascos nacidos en esta tierra consiguió alcanzar una de las mayores aspiraciones de un compositor y autor que era abrirse camino en la exigente Buenos Aires de su tiempo y, desde allí, trascender las fronteras nacionales.
Raúl De Los Hoyos fue un argentino que conquistó un lugar en la cultura popular y cuya obra continúa siendo, todavía hoy, un embajador silencioso de Saladillo y de la Argentina.
Como sucedía con aquellas películas por episodios de antaño, o como ocurre hoy con las miniseries, esta historia tiene nuevos capítulos por descubrir, nuevas temporadas por recorrer y mucho todavía por contar. Porque la historia de Raúl De Los Hoyos no terminó con su tiempo. Sigue viva en sus obras, en quienes las interpretan, en quienes las investigan y en todos aquellos que se proponen que su nombre ocupe el lugar que merece en la historia grande del tango.
Esta historia continúa…












