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Titulares

El asesinato del fútbol

No entraron con tanques. No bombardearon estadios. No prohibieron la pelota. Hicieron algo mucho más eficaz, compraron el tiempo.

El fútbol, ese viejo idioma de los pueblos, esa patria sin fronteras donde once contra once perseguían una gloria tan simple como imposible (Decía el “Flaco” Menotti: “El fútbol no es sólo un deporte, sino un hecho cultural donde la belleza, el talento individual y la pasión colectiva se unen”), está siendo descuartizado sobre una mesa de negocios. No por necesidad deportiva. No por la salud de los jugadores. No por el espectáculo. Por dinero. Siempre por dinero.

La excusa se llama “pausa de hidratación”, el objetivo se llama publicidad.

Donde antes había tensión, ahora hay avisos, donde antes había vértigo, ahora hay consumo. Donde antes el corazón de millones latía al ritmo frenético de una jugada, ahora una pantalla ordena comprar, apostar, endeudarse o admirar corporaciones que contaminan mares, desiertos y conciencias.

Han convertido al fútbol en una vaca atada al ordeñe permanente. Cada interrupción es una puñalada a la continuidad del juego. Cada corte comercial es un ladrillo más en el muro que separa al fútbol de su esencia. Lo fragmentan, lo trocean, lo empaquetan. Lo transforman en un producto compatible con los algoritmos y las métricas de audiencia. Ya no importa el partido. Importa cuánto dinero puede extraerse entre un pase y otro.

Los mercaderes del espectáculo descubrieron que incluso noventa minutos de pasión les resultaban insuficientes. Querían más. Siempre más. Entonces comenzaron a perforar el tiempo del juego como empresas petroleras perforan la tierra. Buscan hasta la última gota de rentabilidad.

Y allí aparecen las multinacionales que necesitan lavar su imagen (y sus activos) bajo el resplandor de los estadios. Allí aparece el grotesco de una inteligencia artificial resucitando rostros y voces para vender apuestas. Allí aparecen las corporaciones utilizando los símbolos populares como si fueran mercancías de supermercado.

Ni siquiera los muertos descansan cuando el negocio llama a la puerta. Ni el mismo Maradona.

Lo que alguna vez fue una expresión cultural nacida en potreros, puertos, fábricas y barrios obreros, ahora es administrado por ejecutivos que jamás sintieron el barro en los botines.

El Mundial, la fiesta más grande de la humanidad después de una guerra ganada, se transforma lentamente en una sucursal global de la economía de la atención.

Los jugadores corren. Los hinchas sufren. Los árbitros esperan. Las cadenas televisivas facturan.

Y mientras tanto, el partido se detiene para que millones bajen la vista hacia el celular. Porque el verdadero rival del fútbol ya no es otro equipo. Es la distracción permanente. Es el mercado disputándole cada segundo a la emoción humana.

Por eso el Mundial 2026 amenaza con parecerse cada vez más a otra cosa. Cuatro tiempos como el básquet. Interrupciones calculadas. Un entretiempo interminable en la final, con recitales, luces y fuegos artificiales al estilo Super Bowl.

No les alcanza con organizar un torneo. Quieren fabricar un parque temático.

Pero el fútbol no nació para obedecer a Wall Street. No nació para servir a accionistas ni para satisfacer balances corporativos. Nació en las calles. Nació en los potreros y los baldíos. Nació donde los pobres encontraron una manera de desafiar al destino con una pelota de trapo.

Por eso lo que está en juego no es una regla más o una pausa más.

Lo que está en juego es el alma misma del fútbol.

Porque cuando el negocio logra imponer sus tiempos sobre la pasión, cuando la publicidad vale más que una jugada y cuando las corporaciones ocupan el lugar que antes pertenecía a los pueblos, ya no estamos viendo una evolución del deporte. Estamos presenciando su ejecución. Y los verdugos ni siquiera se esconden. Cobran entradas para verla.

Claudio Alejandro Salesses

Saladillo

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