Por el Prof. Luis Darío Nagore – Ex Director de la Escuela Técnica de Saladillo

En su discurso inaugural del período legislativo nacional, nuestro Presidente expresó que su gobierno se centraría, entre otras cosas, en “la moral como política de Estado”; paradójicamente, a los pocos días estalló la cuestión Adorni.
Hubiese sido bueno, un ejemplo contrario a la actitud del Ministro, porque todos necesitamos conocer las buenas acciones en estos tiempos donde los supermercados y otros comercios están vacíos y 24.000 empresas han cerrado sus puertas.
Mientras, gratamente, vemos que hay sectores florecientes en nuestra economía, y que esperamos derramen beneficios sobre los desocupados.
Adentrémonos en las palabras de nuestro Presidente, “las cuestiones morales”.
No estamos acostumbrado a pensamientos profundos, por eso es necesario recuperar como ejercicio intelectual el pensar en algunas cosas que superan lo cotidiano.
Hablar de moral, significa que tenemos en claro que es “lo bueno y lo malo”; separados estos dos últimos términos de toda connotación religiosa.
Lo bueno es todo aquello que nos hacen felices y plenos como sociedad, no en forma individual, en forma colectiva.
La moral se basa, entonces, en el conjunto de acciones de las sociedades que buscan alcanzar lo bueno para ella. Son acuerdos escritos por ejemplo en la Constitución o los códigos penales, o no escritos como ciertas pasiones argentinas no lesionan la identidad nacional.
Lo contrario, lo inmoral, es todo aquello que contradice los acuerdos sociales establecidos como normas morales a partir del conocimiento de lo que está bien.
Otro término utilizado cuando hablamos de estas cuestiones, es lo amoral; esto está referido a las acciones individuales que escapan a los juicios morales.
Por ejemplo, si en soledad me gusta andar desnudo en mi casa, esto no puede ser juzgado moralmente. La moral no es universal, cada sociedad construye sus propias normas.
En los países de religión musulmana, es común el velo cubriendo el rostro y cabellera de las mujeres en mayor o menor medida dependiendo su estado civil.
Si una de nuestras mujeres llegara, por ejemplo a Irán, sería considerada una inmoral y sería castigada por la ruptura del acuerdo social de ese país.
En nuestro país, está casi naturalizada la inmoral evasión impositiva, la diferencia entre comprar en blanco y en negro, y distintos artilugios para que nuestros ingresos se adecuen.
Los impuestos, como fin último, son un mecanismo para el beneficio de toda la sociedad. Obviamente hay una propensión desde los estados (Nacional, Provincial y Municipales) a no mostrar por parte de algunos de sus funcionarios, actitudes ejemplificadoras. No es Adorni uno de estos ejemplos esperados.
Los funcionarios públicos “no pueden ser inmorales”, porque sus hechos repercuten en la sociedad toda; sobre todo en los jóvenes a los que se los somete intensiva y mediáticamente con discursos chabacanos que pretenden emular la forma de comunicarse de los jóvenes, creyendo que sus cargos los habilita para ofender, putear y degradar a todos los que no piensan como ellos.
Ni las formaciones religiosas, ni las formaciones científica tecnológicas o filosóficas, ni las orientaciones ideológicas pueden evitar cometer actos contra la moral.
Es tan inmoral un pastor que negocia con un tercero a sabiendas que éste es de dudosa moralidad, como aquel que recibe un cargo público de parte de un político por el simple hecho de haberlo votado.
Seguramente, debe haber atenuante para aquellos que necesitaron acceder a esos cargos por ser el sustento para el desarrollo de sus familias; pero que sean atenuantes no quiere decir que no sean inmorales.
Debe haber muchos ejemplos de personas que accedieron a cargos públicos por cuestiones ideológicas, por el viejo e inmoral sistema del clientelismo político.
Muchos de ellos mostraron una actitud de compromiso inobjetable. Pero seguramente debe haber otros que durante muchos años usufructúan bienes del Estado, con la creencia (involuntaria o conscientemente) que son merecedores de este favor del Estado, por pensar políticamente de una forma determinada.
Que no solamente usufructúan esos bienes durante muchos años, sino que los arreglan a su antojo y cuando el Estado necesita esos bienes, se los niegan con una catarata de justificaciones. Y no sólo eso, se molestan ahora haciéndose los defensores de las comunidades, ante una situación económica adversa que decididamente no los afecta. Algunos de ellos alineados con ideologías que propiciaron el desfalco de años anteriores.
Mientras escribo esto, leo que los diputados y senadores bonaerenses nos cuestan más de 1000 (mil) millones por día, y que desde el 2 de marzo al 28 de mayo las cámaras no sesionaron.
Por otro lado, IOMA, la obra social obligatoria de todos los empleados bonaerenses, cada vez con menos prestaciones. Además, seguramente, habrá funcionarios bonaerenses, viajarán con sus familias para ver el mundial en EEUU, mientras muchos bonaerenses no acceden a cubrir las necesidades básicas.
Se ha superado todos los límites; nos hemos acostumbrado a la desinformación, la indiferencia, la insensibilidad, la intolerancia, el odio y la descalificación. Acciones en su mayoría inmorales. Sólo queda hacerse un par de tristes preguntas: ¿la inmoralidad será hereditaria? Nuestra sociedad ¿debe tener un nuevo contrato social donde lo inmoral sea la moneda corriente?
La respuesta que pueda darse es también una pregunta, es acaso ¿sálvese quien pueda?












