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Interés General

Lucía y Néstor | A 50 años de la dictadura cívico, eclesiástica y militar

Cuando pensar diferente, y no estar con ellos es la muerte

Por Luis Perrière (*)

*Este artículo honra la memoria de mi hermana Lucía Julia Perrière Frías de Furrer y mi cuñado Néstor Valentín Furrer Hurvitz, secuestrados-desaparecidos en Necochea en 1978, y de todas las víctimas del terrorismo de estado en Argentina.*

A cincuenta años del golpe que sumergió a la Argentina en su noche más oscura, la memoria no clama venganza: clama justicia, clama verdad, clama que nunca más el horror se vista de orden para devorar a sus hijos.

La dictadura cívico, eclesiástico, militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 no sólo operó mediante la desaparición forzada, la tortura sistemática y la apropiación de bebés. Paralelamente, desplegó una maquinaria discursiva igualmente letal: un entramado de palabras, silencios y consignas diseñado para fracturar los lazos comunitarios, naturalizar la violencia y fabricar el consenso social que necesitaba para perpetuarse.

El caso de Lucía y Néstor, mis hermanos, secuestrados en Necochea, arrancados de la vida para siempre, no puede entenderse por fuera de ese territorio simbólico donde ciertas frases, aparentemente inocuas, operaron como verdaderos dispositivos de control y disciplinamiento social. Porque antes de que desaparecieran sus cuerpos, ya se había intentado desaparecer su humanidad ante los ojos de sus vecinos.

“Algo habrán hecho”

Esa fue la sentencia que reemplazó al juicio. De todas las construcciones discursivas que la dictadura sembró en el tejido social, ninguna resultó tan eficaz como la expresión “Algo habrán hecho”.

Esta frase, que circulaba en conversaciones cotidianas, en confiterías, en lugares de trabajo y en las reuniones familiares de quienes “no se metían en política”, representó quizás la herramienta psicológica más efectiva para el disciplinamiento de la sociedad.

La sentencia operaba en dos niveles que son complementarios y perversos. En primer lugar, funcionaba como un mecanismo de defensa psicológica y negación colectiva. Ante el horror de lo inexplicable, personas que desaparecían sin juicio ni proceso, familias destruidas en el más absoluto silencio, el ciudadano promedio necesitaba creer en un orden lógico que mitigara su propio miedo.

Si la violencia era selectiva y recaía sobre alguien que “algo había hecho”, entonces el inocente, el que nada hacía, podía sentirse a salvo. Esta lógica, profundamente egoísta, permitió que amplios sectores de la población miraran hacia otro lado mientras se consumaba el exterminio.

En segundo lugar, la frase actuaba como una condena sumaria que eliminaba la necesidad de pruebas, de procesos judiciales, de garantías mínimas.

Al asumir la culpabilidad de la víctima, sin conocerla, sin saber qué había hecho o dejado de hacer, la sociedad otorgaba un consentimiento tácito a la represión clandestina.

El desaparecido dejaba de ser un vecino, un compañero de trabajo, un estudiante, un hijo de alguien, para convertirse en un “subversivo”, una amenaza, un ser del que era preferible no hablar.

Este estigma no sólo aislaba a las familias de los desaparecidos, quienes enfrentaban el vacío de la pérdida junto con el rechazo, la sospecha o la indiferencia de su comunidad, sino que garantizaba la impunidad de los perpetradores al invertir los términos de la responsabilidad: el perseguido pasaba a ser el responsable de su propio destino.

En la historia de Lucía y Néstor, como en la de miles de otros, esta frase fue el muro de silencio que permitió que el horror se extendiera sistemáticamente.

La lección de los dictadores: el lenguaje como territorio de conquista

Los grandes dictadores de la historia –Hitler, Mussolini, Franco–, lo sabían bien. La propaganda no es un mero adorno del poder, sino una herramienta fundamental para construir hegemonía y fabricar consenso.

Controlar los medios de comunicación, moldear el relato, instalar ciertas palabras y desterrar otras resulta tan estratégico como el dominio territorial.

La dictadura cívico militar que gobernó Argentina, atenta a esas “lecciones de la historia”, convirtió la manipulación del lenguaje y las campañas mediáticas en uno de los pilares centrales de su proyecto represivo. Pero quizás lo más siniestro fue cómo supo aprovechar consignas preexistentes, resignificarlas y volverlas cómplices.

“El silencio es salud”, cuando la prevención se volvió advertencia

Un análisis superficial podría llevar a pensar que “el silencio es salud” no era más que un dicho popular que recomendaba prudencia para evitar conflictos.

Sin embargo, en el entramado previo al golpe, esta frase adquirió contornos mucho más siniestros.

En 1974, un año antes de que el terrorismo de Estado se institucionalizara, una aparentemente inocente campaña de concientización comenzó a calar hondo en el tejido social.

“El silencio es salud” fue el lema elegido por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, bajo la intendencia del general (RE) José Embrioni, para combatir la contaminación acústica.

Diseñada y ejecutada por los organismos internos de difusión de la ciudad, en colaboración con el Ministerio de Bienestar Social que dirigía el peronista José López Rega, fundador de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), la campaña inundó el espacio público con spots televisivos, carteles y una gigantografía giratoria en el emblemático Obelisco. El objetivo manifiesto era loable: proteger a la población del ruido nocivo que ella misma generaba.

Pero el contexto en el que se inscribió esta frase, el gobierno de María Estela Martínez de Perón, el crecimiento de la violencia parapolicial, la persecución a estudiantes, trabajadores y militantes sociales, terminó por impregnarla de un significado mucho más profundo y amenazante.

Su origen visual podía rastrearse en esa figura casi universal de la enfermera llevándose el dedo índice a los labios, creada en 1953 en la ciudad de Rosario (Santa Fe, Argentina), una imagen clásica en hospitales para pedir quietud y respeto por el reposo de los pacientes. Pero al ser cooptada por el discurso pre y dictatorial, esa figura dejó de ser un ícono de cuidado para convertirse en un símbolo de advertencia y disciplinamiento social.

El mensaje ya no era “cuidemos nuestra salud auditiva”. El mensaje, sutil pero implacable, se había transformado en: “Calle, no hable, no pregunte, no se meta. Su seguridad depende de su silencio”.

“Por algo será” fue la bendición del terror

Si la sociedad civil contribuyó con su silencio y su indiferencia, hubo una institución que, lejos de permanecer neutral, otorgó un marco espiritual y, por tanto, una pretendida legitimidad moral, al terrorismo de Estado. La Iglesia Católica Apostólica Romana (Filial Argentina), sostenida económicamente por el Estado argentino es decir, por los impuestos de todos y todas las ciudadanas, lejos de alzar su voz profética en defensa de los perseguidos, optó por acompañar a los verdugos.

Sin pudor ni vergüenza, los señores consagrados Pío Laghi, Quarraccino, Von Wernich, el Papa Paulo VI, Primatesta, Aramburu, Bonamín, más 400 capellanes, desplegaron una versión siglo XX de la Santa Inquisición. A la cabeza de esta estructura eclesiástica cómplice, se encontraba Adolfo Servando Tortolo, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y Vicario Castrense, quien contó con el acompañamiento del Opus Dei y su fundador, José María Escrivá de Balaguer, declarado nazi y anticomunista.

Tortolo, ungido como autoridad espiritual de las Fuerzas Armadas, supo visitar las cárceles donde permanecían secuestrados, detenidos, desaparecidos.

Cuando los prisioneros, hombres y mujeres que serían torturados hasta la muerte o arrojados vivos al mar, le imploraban que intercediera por ellos, que llevara un mensaje a sus familias, que ejerciera su influencia para salvarles la vida, la respuesta del alto prelado era tan breve como demoledora: “Por algo será que estás aquí. Por algo será”. Y seguía su camino.

Esta frase, que bien podría considerarse una variante eclesiástica del “algo habrán hecho”, condensaba toda la teología del terror, el sufrimiento del inocente no era un escándalo que interpelara a la comunidad, sino un designio insondable que debía aceptarse con resignación.

El “por algo será” funcionaba como absolución anticipada de los verdugos y como condena inapelable de las víctimas. ¿Acaso Dios o Jesús, en su infinita misericordia, podían avalar semejante atrocidad? ¿Podía el Dios de los evangelios, aquel que me enseñaron que multiplicó los panes para alimentar a las multitudes, que devolvió la vista a los ciegos, que liberó a los oprimidos y murió en la cruz víctima del poder de su tiempo, estar de acuerdo con que sus “representantes” en la tierra bendijeran a quienes torturaban, desaparecían y asesinaban en su nombre? No. Rotundamente no.

Dios jamás permitiría que su nombre fuera usado para justificar el asesinato de sus hijos. Jesús nunca avalaría que sus supuestos pastores se convirtieran en lobos, que consagraran el horror y abandonaran a las ovejas en manos de los verdugos.

El mismo Cristo que ordenó amar al prójimo, que defendió a los más débiles, que enfrentó a los poderosos de su tiempo, no podía estar de aquel lado. Estuvo, como siempre, del lado de las víctimas.

Lo que ocurrió en esos años no fue un designio divino. Fue una decisión humana, terrenal, profundamente perversa, de hombres que invistieron sus crímenes con ropajes sagrados.

El “por algo será” de Tortolo no fue la voz de Dios, sino la voz de una institución que traicionó su propio evangelio para convertirse en cómplice del terror.

La memoria es presente y futuro

Hoy, a 50 años de aquellos hechos, el desafío sigue siendo el mismo, sostener la memoria activa no como un ejercicio nostálgico del dolor, sino como una herramienta para desactivar los discursos que, con nuevas formas, intentan reinstalar la lógica de la persecución y el silencio.

Porque cuando un vecino diga “en algo andarían”, cuando un periodista pregunte “¿qué hacían los desaparecidos?”, cuando un funcionario justifique la violencia estatal como “excesos necesarios”, las mismas frases de ayer se actualizan con ropajes nuevos.

De supuestas ideologías nuevas. Y la historia que hemos sufrido, que debería habernos enseñado algo, amenaza con repetirse como farsa mientras el horror original sigue impune en tanto en cuanto los autores intelectuales no han sido juzgados. Y dudo que lo sean porque son el Poder Profundo. Y la justicia parece no alcanzarlos. Solo entregan a los ejecutores.

Lucía y Néstor no están. Pero cada vez que nombramos su historia, cada vez que denunciamos las palabras que intentaron justificar su desaparición, cada vez que exigimos justicia para ellos y para todos, los arrancamos del olvido al que la dictadura quiso condenarlos. Por ellos. Por todas. Por todos. Son 30.000. ¡Nunca más!

Señor Dios de la vida, Jesús, hermano nuestro que conociste el dolor y la muerte, Virgen Santa, Madre de los que ya no tienen voz, acoge en tu infinita misericordia a Lucía, a Néstor, y a todos los que fueron ejecutados y/o arrojados vivos al mar. Que el mar que fue su tumba, sea el vientre de una vida nueva, que descansen en paz y que nosotros, los que quedamos, tengamos consuelo y sepamos honrarlos luchando por justicia. Amén.

(*) Periodista, locutor y escritor de Saladillo

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