El dolor y la impotencia nos atraviesan a todos con el trágico final de Agostina Vega. Sin embargo, el femicidio de esta adolescente de 14 años no comenzó el día que encontraron su cuerpo; empezó mucho antes. Comenzó desde el momento en que se naturalizó que una menor de edad llevara una vida de adulto, postergando la protección que una madre y un hogar deben garantizar a una hija.
La muerte de Agostina empezó a gestarse cuando se permitió que un sujeto violento y peligroso formara parte de su entorno cercano. Pero la responsabilidad no se agota puertas adentro. Comenzó también en el instante en que los vecinos, amigos y parientes observaron lo que ocurría y decidieron mirar para otro lado, dejando que prevaleciera el egoísta “no te metas”.
Hoy es fácil apuntar con el dedo y buscar culpables externos. Pero quienes sabían lo que pasaba y callaron son cómplices por omisión. El entorno más cercano y todos los que conocían la realidad de esta criatura tienen una deuda de responsabilidad que la justicia social no debe olvidar. La indiferencia también mata.
Raúl Ortalli
Saladillo











