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A 50 años del golpe de Estado | “Cuando pensar diferente y no estar con ellos es la muerte”

*Este artículo honra la memoria de mi hermana Lucía Julia Perrière Frías de Furrer y mi cuñado Néstor Valentín Furrer Hurvitz, secuestrados-desaparecidos en Necochea en 1978, y de todas las víctimas del terrorismo de estado en Argentina*

Por Luis Perrière (*)

Cuando pensar diferente, y no estar con ellos es la muerte – Segunda Parte

El poder profundo y la siembra de la espada un recorrido hacia el terrorismo de Estado (1930-1976) utilizando el lenguaje como primera trinchera del terror.

Antes de los fusilamientos, antes de los centros clandestinos y antes de los vuelos de la muerte, hubo una batalla silenciosa que se libró en las conversaciones cotidianas, en los titulares de los diarios y en los discursos oficiales. Esa batalla fue, y sigue siendo, la conquista del lenguaje.

El lenguaje se convirtió en una herramienta de control social, en el ariete que quebrantó la solidaridad colectiva mucho antes de que comenzara la represión física. Durante la dictadura cívico, eclesiástico, militar de 1976-1983, y en el largo camino que la precedió, las palabras no sólo describían la realidad. La construían, la justificaban y, sobre todo, la silenciaban.

Frases y/o palabras que circulaban entonces y otras que circulan hoy día como “la chorra”, “se robaron un PBI” o “zurdos” (sólo para ingenuos, desprevenidos o caídos del catre), no son inocentes. Cuando un poder hegemónico acusa de ladrón a quien resiste, cuando repite hasta el hartazgo “allá va el ladrón”, es porque son ellos los que te están robando tu historia, tu memoria, tu capacidad de indignación. Estas consignas buscaban y buscan paralizar la solidaridad, naturalizar la violencia simbólica y fragmentar los lazos comunitarios que son el único antídoto contra el autoritarismo.

Para comprender cómo se llega al Terrorismo de Estado, la implementación sistemática de la desaparición de personas y el robo de bebés, debemos escuchar primero los ecos de esas frases que, como caballos de Troya, ingresaron en las mentes, a lo largo de la historia argentina, para justificar lo injustificable.

El punto de partida es ver al Poder Profundo y la siembra de la espada en un recorrido hacia el terrorismo de Estado en lo que es la Argentina de 1930 a 1976.

Al cumplirse 50 años del golpe cívico, eclesiástico, militar del 24 de marzo de 1976, la memoria no puede conformarse con recordar únicamente sus siete años de terror.

Para comprender cómo fue posible la instauración de un plan sistemático de exterminio, es imperativo remontarse a las décadas previas, donde ciertos sectores del poder profundo argentino, esa combinación de intereses económicos, eclesiásticos y militares, comenzaron a sitiar las mentes y a imponer su voluntad por sobre la soberanía popular. No se trató de un rayo en cielo despejado, sino de la cosecha de una larga siembra de autoritarismo.

El hilo conductor que une el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen con el de María Estela Martínez de Perón es la desconfianza de los privilegiados aristócratas hacia la democracia de masas. Este relato comienza a tomar forma ideológica mucho antes, con una frase que resonaría como un mantra durante décadas: “La hora de la espada”.

“La hora de la espada”

La siembra fue “La hora de la espada” y con esas cinco palabras el fin del constitucionalismo.

El 9 de diciembre de 1924, en Lima (Perú), con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho, el enfrentamiento que selló la independencia del Perú y de América del Sur frente al dominio español, el célebre poeta Leopoldo Lugones pronunció un discurso que marcaría un antes y un después en la política argentina.

Frente al ministro de Guerra, Agustín P. Justo, Lugones proclamó: “Ha llegado la hora de la espada”. Para el intelectual que había transitado del socialismo al fascismo, el ejército era” la última aristocracia, la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta frente a la disolución demagógica”.

Aunque pronunciada en 1924, esta frase se convirtió en la justificación ideológica del primer golpe de Estado exitoso de la Argentina moderna, el 6 de septiembre de 1930, cuando el general José Félix Uriburu derrocó al anciano presidente Hipólito Yrigoyen (78).

El propio Lugones redactó la proclama golpista, abriendo así las puertas de la “Década Infame”. Con la espada en alto, se quebraba por primera vez el orden constitucional en el Siglo XX y se sentaba un precedente insoslayable de la historia cuando las mayorías populares amenazaban con ocupar un lugar en la historia, las minorías privilegiadas respondían con la fuerza.

Las frases continuaron haciendo camino, fue y es el método. Así, vio la luz esta frase “El fraude patriótico” y con ella la exclusión de las mayorías.

Una vez instalada la dictadura de Uriburu, el proyecto corporativo y filofascista del general no logró consolidarse, dando paso a un liberalismo conservador de la mano del general Agustín P. Justo. Sin embargo, la exclusión de las mayorías no cesó; solo cambió de método.

Nació, de esta manera, el concepto del “fraude patriótico”. Durante la presidencia de Justo (1932-1938) y sus sucesores conservadores, la manipulación electoral se convirtió en un sistema de gobierno. Bajo la premisa de que era necesario “salvar a la patria” del supuesto caos que representaba el radicalismo yrigoyenista (“la primera ola populista”), se instauró el régimen de la “república imposible” donde el voto popular era sistemáticamente falsificado.

Era el corolario lógico del pensamiento de Lugones, quien desde 1924 había justificado la intervención militar argumentando que “con sesenta por ciento de analfabetos” no podían gobernar “los mejores”. El fraude, como figura retórica y práctica política, inauguraba una larga tradición de cinismo institucional y de privilegios para el Poder Profundo. La ambición nunca descansa.

La patria o el imperio

La llegada del peronismo en 1945, fue la resistencia popular a la explotación, el odio de los poderes fácticos y significó una bisagra histórica.

Por primera vez, las masas postergadas accedían a derechos laborales y sociales, y lo hacían organizadas. Esto reactivó de inmediato la alarma en el poder profundo. La embajada de Estados Unidos, a través del embajador Spruille Braden, jugó un rol activo en la oposición al coronel Juan Domingo Perón, en una campaña que polarizó la sociedad. La inolvidable consigna “Braden o Perón” sintetizó esa disyuntiva: la patria o el imperio, la independencia económica o la sumisión.

La frase “Braden o Perón” fue creada por la poeta y periodista uruguaya Blanca Luz Brum, militante comunista-peronista, pareja del muralista David Alfaro Siqueiros que participaba activamente en la propaganda del movimiento.

El odio de la oligarquía y ciertos sectores militares y eclesiásticos no se hizo esperar. Ese odio, que siempre se vistió de “defensa de la civilización occidental y cristiana”, encontró un punto de máxima crueldad en el padecimiento de la primera dama.

La frase “Viva el cáncer”, pintada en las paredes de la ciudad mientras Eva Duarte de Perón luchaba contra la enfermedad que terminó con su vida en 1952, es quizás la expresión más nítida de la saña de una Argentina anti popular que festejaba el sufrimiento de quien consideraba su enemiga de clase.

Partimos de la siembra del Poder Profundo con Lugones siguiendo el rodaje de las palabras como premisa para la cosecha cruenta que fue el camino hacia el terrorismo de Estado y llegamos al derrocamiento de Perón en 1955 por la autodenominada “Revolución Libertadora” que reeditó la proscripción y la exclusión, prohibiendo al peronismo durante 18 años.

El bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 con la criminal inscripción “Cristo vence” pintada en los aviones y un saldo de más de 600 civiles asesinados, junto al posterior golpe de septiembre, no fueron simples sacudones institucionales, constituyeron el preludio de una creciente militarización de la política y el cercenamiento sistemático de la democracia, esta vez con la bendición explícita de quienes decían representar la palabra de Dios.

La “Hora de la espada” volvía a sonar, esta vez con la proscripción del partido mayoritario como bandera. A partir de ahí, la violencia política escaló durante las décadas del ’60 y del ’70, con dictaduras como la de la “Revolución Argentina” (1966-1973), que sentaron las bases de un nuevo tipo de represión.

Pero sería un análisis incompleto si circunscribiéramos todo a la dinámica interna de la oligarquía nacional.

Terrorismo de Estado

El terrorismo de Estado en Argentina no puede entenderse sin la crisis del petróleo de 1973, que sacudió los cimientos del capitalismo global y redefinió el rol de América Latina como reserva de recursos estratégicos bajo la nueva doctrina de seguridad nacional.

Tampoco sin la Escuela de las Américas, el laboratorio de contrainsurgencia donde militares argentinos aprendieron las técnicas del terror que luego aplicaron en los centros clandestinos. Y mucho menos sin el Plan Cóndor, esa coordinación sistemática entre las dictaduras del Cono Sur para perseguir, secuestrar y asesinar a quienes pensaban distinto más allá de las fronteras. Lo que ocurrió en Argentina entre 1976 y 1983 no fue un capricho local fue la pieza clave de un engranaje continental diseñado desde Washington (Estados Unidos) para asegurar, a sangre y fuego, la sumisión de la región al nuevo orden neoliberal que comenzaba a gestarse.

Finalmente, en 1976, todos estos hilos se conjugaron. El poder económico (cívico), que necesitaba un nuevo modelo de acumulación; la cúpula eclesiástica, que bendijo la represión como una “guerra contra la subversión” en defensa de los valores occidentales; y las Fuerzas Armadas, que aplicaron un plan de terrorismo de Estado con metodologías que, en gran parte, ya habían sido ensayadas.

No por casualidad, el jefe de policía de Uriburu en 1930, Leopoldo Lugones (h), hijo del poeta, fue quien introdujo en Argentina la picana eléctrica como método de tortura, convirtiendo los sótanos de la Penitenciaría Nacional en el primer centro clandestino del país. Aquel “instrumento” perfeccionado en la Década Infame se convertiría en uno de los íconos del horror en los campos de concentración del Proceso de Reorganización Nacional.

A medida que la violencia política escalaba y la dictadura de 1976 consolidaba su aparato represivo, el poder necesitaba un nuevo giro discursivo. Ya no bastaba con satanizar al “otro” (el “zurdo”, el “subversivo”); había que involucrar a la sociedad civil en la lógica del terror. Así nació una de las campañas más perversas de la historia argentina, en nueve palabras.

“¿Usted sabe lo que su hijo hace esta noche?”

Esta frase se difundió masivamente por televisión, en afiches y en la vía pública. Su aparente inocencia escondía un mecanismo brutal de transferencia de responsabilidad. El objetivo era claro: trasladar la responsabilidad de la represión a los padres. Insinuaba que, si un joven era secuestrado, torturado y desaparecido, la culpa era de la familia por no haber controlado sus “malas juntas”, sus lecturas, su pensamiento crítico.

Esta pregunta, lanzada al aire como una daga, cumplía múltiples funciones por un lado quebraba la confianza intergeneracional, sembraba la sospecha en el hogar, y eximía al Estado Terrorista de su responsabilidad. Si tu hijo desaparecía, la culpa era tuya por no saber lo que hacía. El lenguaje, una vez más, se convertía en cómplice del horror.

Cerrando este tramo del uso de las palabras y la instalación de un lenguaje está la que quizás sea la operación más sofisticada del discurso dictatorial y fue la apropiación de las banderas de sus víctimas.

“Los argentinos somos derechos y humanos”

En 1979, en un contexto de creciente presión internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitó la Argentina para constatar las denuncias por desapariciones. La respuesta de la Junta Militar no se hizo esperar, y nuevamente las palabras fueron el arma elegida.

“Los argentinos somos derechos y humanos” creada por la agencia de publicidad estadounidense Burson-Marsteller.

Esta frase, repetida hasta el hartazgo en la propaganda oficial, fue la respuesta de la dictadura ante las evidencias del terrorismo de Estado. Se utilizó para tildar de “campaña anti-argentina” cualquier denuncia por desapariciones, apelando a un nacionalismo ciego que negaba la realidad de los centros clandestinos.

El cinismo alcanzaba su punto máximo, mientras en la “ESMA”, “El Campito”, “La Perla”, “La Cueva,”, “La Cacha”, “Automotores Orletti” y más de 800 lugares más, donde se torturaba y asesinaba, el discurso oficial proclamaba la superioridad moral argentina.

Se construía así una realidad paralela donde las víctimas eran los victimarios, donde la verdad era “campaña anti-argentina”, y donde el lenguaje servía para borrar la evidencia del horror.

“La memoria es la única vacuna para que la espada genocida no vuelva a golpear”

Conclusión de este tramo de “50 años después”, en mi memoria y en la memoria básica como vacuna.

A 50 años del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976, debemos entender que no se trató de un hecho aislado, de un estallido sin historia. Fue, en realidad, el punto más alto y brutal de un continuo carrusel histórico donde el poder profundo, esa constelación de intereses económicos, políticos y mediáticos, cada vez que las mayorías populares intentaron construir un país más justo, respondió con la exclusión, el fraude, la proscripción y, finalmente, el aniquilamiento.

Recordar “La hora de la espada” de Leopoldo Lugones, el “fraude patriótico” de la Década Infame, y aquel infame “Viva el cáncer” coreado a la muerte de Evita, es comprender que el terrorismo de Estado no nació en marzo de 1976. Fue la expresión final, de una etapa, la más salvaje, la más sistemática de un poder que, a lo largo del siglo XX y en estos últimos cincuenta años, nunca dudó en sitiar las mentes y aplastar los cuerpos para imponer su voluntad.

Por eso afirmo que la memoria es la única vacuna para que la espada genocida no vuelva a golpear, para que no vuelva a desangrar al pueblo que se animó a soñar. Y también, para que el veneno de ciertas palabras, esas que naturalizan el odio, que justifican lo injustificable, no siga circulando como si fueran inocentes.

Pero la vacuna no termina ahí. No podemos ni debemos dejar todo en manos de los políticos ni de una democracia que, muchas veces, termina siendo un nuevo escenario donde el poder profundo sigue operando. Porque aún hoy, soportamos bajo este mismo marco institucional la limpieza social, la persecución ideológica, el lawfare (guerra judicial) como herramienta de disciplinamiento, el encarcelamiento de dirigentes populares, el control de los medios de comunicación concentrados y la desaparición “en democracia”.

Jorge Julio López (2006) no es un nombre más en la lista. Su desaparición marcó un quiebre, demostró que aún existían bolsones de las fuerzas de seguridad, o grupos de tareas residuales, con capacidad de actuar impunemente en plena democracia. Su testimonio había ayudado a condenar a un genocida, y su recompensa fue desaparecer. Su ausencia es un recordatorio brutal de que la bestia del Poder Profundo no murió, solo se volvió más silenciosa.

En este entramado, la voz del ciudadano, de todo aquel que se sienta parte de una comunidad, debe ser escuchada en cualquier ámbito. Porque recordar a Lucía y Néstor, con sus 21 y 27 años, no es sólo evocar dos nombres, es hablar de los sueños truncados de una vida, de un hogar que no pudo ser, del compromiso con esa raíz natural de todo ser vivo que, precisamente por serlo, fue exhibido como peligroso para el sistema.

Un pensamiento diferente al de los dueños de los privilegios no era bienvenido entonces. Tampoco lo es hoy.

Sus ausencias y su dolor son una lágrima que no termina de caer. Una lágrima que nos interpela, que nos exige no olvidar, que nos convoca a seguir construyendo memoria colectiva. Porque mientras esa lágrima siga suspendida, mientras no termine de caer, nuestra tarea no habrá concluido.

50 años. Memoria, verdad y justicia. Siempre.

(*) Periodista, locutor y escritor de Saladillo

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