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Interés General

La única verdad es la que “yo les cuento”

Por el Prof. Luis Darío Nagore – Ex Director de la Escuela Técnica de Saladillo

En la Segunda Guerra Mundial iniciada por la Alemania nazi, Hitler, entre otras cosas, buscaba perpetuarse en el poder, apoderarse de una buena parte de Europa, terminar con el pueblo judío y depurar con criterios étnicos y religiosos la “raza alemana”, en la búsqueda de un modelo de ciudadano ario alemán (en el sentido de asimilarse a la raza nórdica), potenciando su superioridad racial sobre todos los demás pueblos.

Pero, además de las ideas de Hitler, era necesario “convencer” al pueblo alemán que esta filosofía era la única valedera para desarrollar su imposición como potencia mundial. Para esto debía buscar un mecanismo de “imposición de ideas”, a través de los medios propagandísticos, que era el mecanismo social que se aplicaba a través de la prensa escrita, el cine y la radio, que en ese momento eran los únicos medios para “quemarle la cabeza” a las comunidades.

Hitler nombró como jefe de ese mecanismo a Joseph Goebbels, simpatizante acérrimo de las ideas del Führer (Adolf Hitler).

Goebbels, como premisa, pretendía explotar los temores de la sociedad alemana que había sido vencida y humillada en la primera guerra, y fomentaba el odio hacia el extranjero, es decir, al que era y pensaba distinto.

Tan convencido estaba de sus ideas que al ver la caída de Alemania, no titubeó en asesinar a sus 6 hijos, primero con una inyección de morfina, y ya adormecidos dándoles una pastilla de cianuro insertándosela en la boca y apretando sus mandíbulas para agilizar su ingesta y terminar con sus vidas; luego su esposa y él se suicidaron.

Paradójicamente, Goebbels no podría ser parte del “pueblo fuerte” pretendido por Hitler y que él propagandizaba, ya que de pequeño había tenido poliomielitis y había perdido la movilidad de una de sus piernas.

Uno de los dichos preferidos de este alemán era: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

Imaginemos lo que sería Goebbels en los tiempos actuales, con la evolución de las redes sociales que intentan persuadir que las ideas publicadas son perfectas e indiscutibles, aunque ellas duren en el aire pocas horas.

Las redes actuales, basadas en la inmediatez, que son consumidas mayoritariamente por los jóvenes y no tanto (de 50 para abajo), exigen estar preparados para dilucidar lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo real de la ficción.

Pero para no sucumbir ante la penetración de las redes, deberíamos preguntarnos si “la educación recibida” en los últimos 50 años preparó personas para discernir o personas sólo para aceptar discursos impuestos por ciertos grupos de poder.

Ejemplos en nuestro país, no nos faltan. Se crearon libros doctrinarios, como “La razón de mi vida”, de Eva Perón; la última dictadura, con su “exterminio del que piensa distinto”; la famosa grieta que obliga a tomar posición; la creación del observatorio de la desinformación y la violencia simbólica en medios y plataformas digitales –“NODIO”– inventado por la ex presidenta y actual presidiaria Cristina Fernández, cuyo principio encubierto era poner freno a las “opiniones” basadas en hechos verdaderos o ficciones que se manifestaban a través de la prensa, en todos sus formatos.

Y ahora nace la Oficina de la Respuesta Oficial, “creada para desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política”, según resalta el sitio oficial de la Presidencia.

Es decir, para hacer lo mismo que hacía la NODIO. Lo único que le falta a este Gobierno nacional es crear el Ministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo, intentando que el pueblo sea arbitrariamente feliz, pese a que los alimentos sean más caros que lo que muestra el INDEC (viejo o nuevo), que aumentó la desocupación industrial, que a los viejos se les dice que aguanten porque en 4 o 5 años vamos a estar mejor; en fin, sarasa.

A esta altura del partido, no vamos a dudar de que ciertos medios y periodistas tienen en sus líneas editoriales intereses de distintos tipos, comerciales, políticos partidarios, económicos, ideológicos, doctrinarios, etc.

Sin embargo, está en cada uno discernir con racionalidad a quiénes creer, a sabiendas que muchos de ellos sólo buscan convencer con los mismos principios de Goebbels: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”.

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