Shopping cart

Información desde Saladillo y el Mundo: Gobierno Política, Economía, Seguridad, Interés General, Deportes, Nacionales, Internacionales, Fúnebres

Interés General

Memoria, Verdad y Justicia | Por Lucía, Néstor y los 30.000 desaparecidos

Por Luis Perrière

No es un simple lema, no es un hashtag de ocasión. Para quienes llevamos la herida abierta de la desaparición forzada, estas tres palabras son los pilares de un camino tortuoso, son la brújula moral de una búsqueda que es a la vez personal y colectiva.

Memoria, Verdad y Justicia, son las tres exigencias del corazón herido. Estas tres palabras no son un eslogan. Son un proceso, una trilogía indisoluble que nace del dolor más profundo y se eleva como una exigencia ética para toda la sociedad.

1. Memoria (Contra el olvido, por la vida)

La Memoria es el primer acto de resistencia. Cuando un Estado o un grupo de poder intenta borrar a una persona –secuestrándola, torturándola, haciéndola “desaparecer”– su objetivo final no es solo matar. Es eliminar la prueba del crimen. Quieren convertir a la víctima en un fantasma, en un “nunca existió”.

La Memoria es lo contrario. Es negarse a que ese ser querido sea convertido en polvo y olvido. Es guardar su foto, contar su historia, pronunciar su nombre. Es rescatar su risa, sus ideas, sus gestos. La Memoria los mantiene presentes. Es decir: “estuvieron, los amamos, y su ausencia explica el horror, el terror”. Sin memoria, no hay víctima. Sin víctima, no hay crimen. La Memoria es el cimiento de todo lo demás.

2. Verdad (Contra la mentira, por la realidad)

La Verdad es la exigencia que brota de la Memoria. No es una verdad abstracta. Es concreta, dolorosa y necesaria:

¿Qué pasó? ¿Dónde estuvo secuestrado? ¿Quién lo torturó? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras?

¿Dónde está? (La pregunta que nunca cesa). ¿Sus restos? ¿Su destino final?

La Verdad, es desenterrar lo que el poder trató de enterrar para siempre. Es desmantelar las “versiones oficiales” que hablaban de “enfrentamientos” o “viajes al exterior”. Es escuchar a los testigos, abrir los archivos, seguir las pruebas. La verdad, por dura que sea, es el único terreno sobre el que se puede parar después de la tormenta. Sin verdad, no hay paz posible para las familias, ni aprendizaje para la sociedad.

3. Justicia (Contra la impunidad, por la ley)

La Justicia es la consecuencia lógica de la Memoria y la Verdad. No es venganza. Es la aplicación de la ley para que la sociedad reafirme que lo sucedido fue un crimen atroz, planificado, sistemático y no un acto aceptable.

Significa que los responsables sean identificados, enjuiciados y condenados por un tribunal.

Significa que el Estado reconozca su responsabilidad (por acción u omisión).

Sin Justicia, la Verdad se convierte en un dato estéril y la Memoria, en un luto congelado en la indignación. La Justicia es el mecanismo social para decir: “Esto no puede volver a pasar. Quienes lo hicieron no están por encima de la comunidad”.

¿Por qué van juntas?

Porque, sin Memoria, no hay motivo para buscar la Verdad.

Porque, sin Verdad, no hay fundamentos para pedir Justicia.

Porque, sin Justicia, la Memoria se vuelve una carga amarga y la Verdad, una burla.

Para la familia de un desaparecido, este trípode es la estructura de su supervivencia. Recordar es mantenerlo vivo. Saber la verdad es recuperar un pedazo de su historia y de la propia. Lograr justicia es, en cierta forma, rescatar su dignidad y la de todos.

Por eso no es un “latiguillo”. Es una promesa que nos hacemos como sociedad: que, frente al intento de borrar, nosotros recordaremos. Frente a la mentira, exigiremos la verdad. Y frente al crimen, buscaremos justicia. Hasta el final.

Espero que estas palabras, que escribo con el mayor respeto, son mi dolor y mi lucha, buscando explicar lo que lleva mi corazón, para honrar la memoria.

Hoy, Lucía Julia Perrière Frías de Furrer, nacida el 7 de diciembre de 1956, cumpliría 69 años. Tenía 21 años cuando fue secuestrada. Esta no es sólo una fecha en un calendario imaginario. Es un latido interrumpido, un cumpleaños que sigue celebrando su familia en el silencio de su ausencia. Madre de dos niñas que amaba, adoraba y cuidaba con esmero junto a su esposo Néstor. Ambos desaparecidos. Esta palabra, “desaparecidos”, no es un verbo en pasado. Es una herida abierta en el presente, una pregunta que golpea las paredes del tiempo sin obtener respuesta.

Ella, que nuestro padre, Don Raúl Luis Perrière, describía como “…una espiga de trigo, una brisa de primavera…”, encarnaba esa misma pureza. Su personalidad vivaz, auténtica y honesta le permitía mirar la vida con una esperanza que hoy nos desgarra. Rubia, de ojos claros, su rostro cándido generaba una empatía instantánea, armonizada por una espontaneidad sincera. Las últimas palabras que escuchó su niña mayor de algo más de dos años, al momento de ser secuestrada son su testamento.

La miraría a los ojos, con lágrimas en los suyos, sabiendo que esa niña de algo más de dos años lloraría ante la violencia sin comprenderla. Esa mamá, que la había traído al mundo, ahora se despedía del mundo que había hecho para ella.

No sólo dejaba atrás a sus hijas. Dejaba atrás sus sueños de verlas crecer. Arrancaban de cuajo, de un tirón, el futuro entero que había imaginado: el primer día de jardín de infantes con su delantal impecable, la escuela primaria y la emoción de las primeras letras trazadas con esfuerzo. Borraban de un golpe los dibujos infantiles donde siempre estaban los cuatro: papá, mamá, yo y mi hermanita.

Extinguían el universo entero que ella, como madre, había nombrado y llenado de amor: el canto de las aves en la mañana, la compañía fiel del perro guardián que los extrañaría, la sombra del árbol donde jugaban, la casa que era su reino seguro.

Y en medio de ese derrumbe total, con su mundo desvaneciéndose ante sus ojos, su último acto de soberanía, su última herencia, fue una instrucción de cuidado. Un fragmento de normalidad arrojado como un salvavidas a la niñez que quedaba atrás, tratando de no quebrarse delante de ella y le dijo:

“…Mirá, te dejo dos Geniolitos por si tiene fiebre tu hermanita, para que se los des.”

En esa frase está todo. La abrumadora responsabilidad transferida a una niña de dos años, el instinto feroz de protección que ni el terror pudo anular. Lucía no sólo dejaba un analgésico. Dejaba el manual de su amor. Empacaba, en dos pastillas y unas palabras, toda la ternura de una mamá siempre optimista, como la seguridad del árbol que les daba sombra, que se perdía para siempre el jardín de infantes y el trazo firme de los dibujos con su familia completa. Era la trasmisión brutal y apresurada de todo su oficio de crianza.

La violencia pudo llevarse su cuerpo, pero en ese instante, no pudo secuestrar su instinto. Su amor fue más rápido. Y por eso, aunque la hayan hecho desaparecer, su última orden de auxilio permanece. Es un testimonio tan íntimo como imborrable: el de la vida que quisieron borrar, concentrada en el acto más puro de protegerla.

Un miércoles de agosto de 1978, ese rostro, esa vida, esa primavera entera, fue arrojada viva al mar, junto con su esposo Néstor.

Queridos hermanos Lucía y Néstor (Valentín Furrer Hurvitz) en cada amanecer que no ven, en cada lucha que siguen inspirando, en cada latido de este corazón que no se resigna al olvido los extraño, entre lágrimas y pesar, con la ternura rebelde de quien elige recordar en un mundo que quiere que olvidemos. Pero yo no olvido. Yo los llevo. Presentes. ¡Ahora y siempre!

Comments are closed

Posts Relacionados