Por Carlos Antonio Gorosito – Ex Intendente de Saladillo

El 10 de diciembre de 1983, se produjo en la Argentina el acontecimiento político, cívico y democrático más importante del siglo XX. A 53 años del primer golpe cívico militar ocurrido el 6 de septiembre de 1930, asume nuevamente un presidente elegido por el voto popular.
Raúl Alfonsín fue elegido en las históricas elecciones del 30 de octubre de 1983, que se realizaron sin ningún tipo de proscripciones.
Sin duda, fue el 10 de diciembre de 1983 uno de los hitos institucionales más importantes de nuestra historia. Se recuperaba la democracia y con ella el ejercicio de la soberanía popular en las decisiones del país.
La asunción del Dr. Alfonsín como primer presidente de la democracia recuperada eclipsó cualquier otro hecho institucional y político en el país. La onda expansiva de los acontecimientos del 10 de diciembre, se extendió durante meses.
Sin embargo, debemos hoy recordar otro acontecimiento de gran importancia para la vida institucional y democrática del país. Nadie duda de la importancia política de la provincia de Buenos Aires, por su extensión geográfica, por la cantidad de su población y por su potencial económico y productivo.
El 11 de diciembre, un saladillense –el Dr. Alejandro Armendáriz Demaría–, en representación de la UCR, asume como el primer gobernador de la democracia recuperada en Buenos Aires.
“Titán” se convierte así en el primer radical que logra derrotar en las urnas, en elecciones limpias y sin ningún tipo de proscripciones, al peronismo en la provincia de Buenos Aires, desde su nacimiento como expresión política. Nunca había sido vencido en el territorio bonaerense. Armendáriz se impuso por el 51,98% de los votos populares contra el 39,73% del candidato Justicialista, Sr. Herminio Iglesias.
Se convirtió Armendáriz en el séptimo gobernador de Buenos Aires elegido por la UCR. Antes lo habían sido José Camilo Crotto (1918-1921), Luis Monteverde (1921-1922), que reemplazó a Crotto por renunciar al cargo; José Luis Cantilo (1922-1926); Valentín Vergara (1926-1930); Nereo Crovetto (01-05-1930-06-09-1930), derrocado junto con Yrigoyen. El Dr. Honorio Pueyrredón había sido elegido gobernador el 5 de abril de 1930, pero las elecciones fueron anuladas por la dictadura de Uriburu.
El último gobernador radical había sido el Dr. Anselmo Antonio Marini (1963-1966). Había sido elegido en las mismas elecciones en la que fue elegido el Dr. Illia con el peronismo proscripto, pero no alcanzó a terminar su mandato por el golpe cívico militar de 1966.
Es entonces el Dr. Armendáriz el primer gobernador de la democracia recuperada y el último elegido por la UCR. Titan fue un militante radical de toda la vida.
De ascendencia radical, su padre Alejandro Armendáriz Iriarte, que fue intendente de Saladillo, legislador provincial y nacional, que militaba desde muy joven en tiempos de Yrigoyen, le transmitió los valores radicales y su vocación por la militancia política.
Titán era médico de profesión y antes de ser gobernador había sido concejal en Saladillo y diputado provincial y luego sería diputado nacional. Acompañó a Raúl Alfonsín en la formación del Movimiento de Renovación y Cambio de la UCR, fue precandidato a gobernador en las elecciones internas de 1972, donde fue derrotado por el Dr. César Martín García Puente.
En su larga militancia, recorrió varias veces la provincia de Buenos Aires tarea que intensificó cuando fue candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires en 1983.
La recorrió durante la última dictadura (1973-1976) y puedo dar testimonio de ello, porque lo he acompañado en esas recorridas.
El poeta romano Juvenal decía: “La integridad del hombre se mide por su conducta, no por sus profesiones”.
Armendáriz fue integro como médico y como político. Desde la medicina y desde la política, siempre estuvo al servicio del pueblo.
Hoy recordamos el día que el último interventor de la dictadura en Buenos Aires, el dirigente ruralista de la CARBAP y CRA, le transmitió el mando.
El 11 de diciembre de hace 42, Alejandro Armendáriz iniciaba la mejor gestión que tuvo la Provincia desde el inicio de la democracia.
La gestión de Armendáriz no es valorada incluso por los propios radicales. Algunos han llegado a decir que la mejor ha sido María Eugenia Vidal. Fue un gran gobernador de Buenos Aires. No podemos decir que alguna administración posterior en 42 años de democracia lo haya superado.
Le tocó gobernar en tiempos difíciles y fue un gobernante honesto y eficiente, aunque la honestidad debe ser un requisito sine qua non de todo gobernante.
Nunca se lo denunció por un hecho de corrupción en su administración. Su gestión está simbolizada en más de 2.500 obras y emprendimientos, tal como lo testimonia en el resumen de gestión su último ministro de Obras Públicas, Cr. Enrique Serra, en su propia expresión: “Obras concretas, tangibles, distribuidas a lo largo y a lo ancho de la provincia. Tan solo la respuesta concreta de cuatro años de intenso trabajo para y con la comunidad bonaerense. Construir para enseñar y enseñar para crecer: está reflejado en cado uno de los edificios educativos que construyó y en cada servicio educativo que creó. Viviendas para toda la provincia, gas natural, cloacas y agua potable, pavimento para numerosas ciudades y el impulso de obras de magnitud como la Central Termoeléctrica de Bahía Blanca.
La provincialización de los hospitales y la inversión en salud, la descentralización de la Justicia, la creación por entonces de la Subsecretaría de Trabajo y sus delegaciones.
Cada acción del Ministerio de Acción Social estuvo orientada a proteger los derechos de los más vulnerables. Enfrentó con entereza los problemas derivados de las graves inundaciones que tuvo la provincia en el tiempo que le tocó gobernar.
No es mi objetivo reseñar toda la obra de Armendáriz en la Provincia que desde luego ha siso vasta y productiva. Sólo he querido recordar al primer gobernador de la democracia recuperada. Armendáriz ha sido un demócrata por definición, un gran y honesto administrador de la cosa pública.
Fue un radical que se inspiraba básicamente en el pensamiento de Yrigoyen y Alfonsín y los grandes padres del radicalismo. Los radicales tenemos que volver a hombres como Armendáriz.
Hace años que el radicalismo no lleva candidatos a gobernador propios, con ideas y convicciones radicales.
El gran desafío de lo que queda del radicalismo será llevar en el futuro un candidato a gobernador con convicciones radicales, no que se diga radical. Se necesita un candidato con convicciones radicales.
Si el radicalismo logra volver a tener un protagonismo activo y potente en la provincia de Buenos Aires, le hará un gran aporte al radicalismo del país. Y luego el radicalismo se lo hará al país. Pero no habrá radicales, si no sembramos radicales en las nuevas generaciones.
Radicales se dicen muchos, pero pocos lo son. Muchos de los que se dicen radicales están dispuestos a ponerse cualquier camiseta.
Como dice Enrique Santos Discépolo en Cambalache: “Da lo mismo que sea cura/Colchonero, rey de bastos/Caradura o polizón”.
La filosofía y la doctrina radical es la de siempre: estar del lado de los que menos tienen, estar con la justicia social, con la educación y la salud pública, con los derechos de los trabajadores, etc.
Por supuesto que el mundo y el país cambian permanentemente y tenemos que mirar la realidad con el prisma del Siglo XXI, de la era digital y de la inteligencia artificial, pero nada de ello nos debe hacer olvidar que el hombre de carne y hueso debe ser el principio y fin de todas nuestras acciones.
El filósofo y teólogo francés Pierre Teilhard de Chardin, tantas veces citado por Alfonsín, decía: “La fe no es simplemente creer en algo, es la acción de vivir de acuerdo con ese algo”.
Armendáriz tuvo fe en el radicalismo, en la democracia, en la justicia social, la salud y en la educación pública y que la economía debe estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía.
Así fue su vida en el cotidiano accionar y en el gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Los radicales bonaerenses, en homenaje a hombres como Armendáriz, debemos accionar para que el pueblo nos identifique como sus posibles representantes, caso contrario nuestra suerte como partido de mayorías que fuimos estará echada.














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