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Interés General

Oye, Liz, esto parece un blues sin punteos

Bernabé De Vinsenci (*)

En esta nueva entrega de “Poesía del yo para crédulos”, título de su último libro de poemas, el escritor saladillense Bernabé de Vinsenci nos comparte un nuevo poema de su autoría: Oye, Liz, esto parece un blues sin punteos.

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Cuando Liz decide romper

y destensar lo que nos unía

yo reacciono en shock

no mido

que el shock puede volverse

un ácido como Chernóbil

y en el estruendo

no improviso

un plan secundario

después serán

lágrimas

y naufragar   

en botellas desperdigadas

de cerveza económica

empaparme

los labios

empaparme

la lengua

de las 15 a las 21

mientras cerca de las 19 prendo

el velador de neón

y si el mundo a esa hora

de las 15 a las 21

se detuvo o siguió en órbita

yo estoy

de las 15 a las 21

centrifugado

por algo más terrorífico

bajo la sospecha

paranoica

enloquecida

de que no perdí la cordura

la idea de que sí, un lienzo es un lienzo

de que hubo un apagón

sin embargo

y pierdo

contacto con la realidad

de lo neutro y lo positivo

blandiendo una chispa atómica

en la parte oscura del sol

y camino en círculos

en la plaza de la ciudad

por caminitos diagonales

y con la sensación de que

me baja

y me sube

mientras permanezco con los pies quietos

me sube

y me baja

de la boca al estómago

y del estómago a la boca

una montañita rusa.

De ahí en adelante

atravieso un período de alcoholismo

de anestesiar

o dopar

de quitarle

o desconectar la transmisión

a las dos o tres neuronas que me quedan

y parte también

de sesos

que me quedan

debajo del telón del cuero cabelludo

esa noción del calendario

de no saber para qué sirven

las fechas de feriados

patrios o conmemorativos

y me alegro

un poco

con vasos que compré

en un Chino todo x 2 pesos

que le dan

elegancia

y compensan

la cerveza económica.

Una de las duermevelas más extrañas

me agarra in fraganti en casa

sin certeza

de si mi cama es mi cama

de si el colchón

y las sábanas

me pertenecen

a mí

y no

a ella

a vos

ese in fraganati

de duermevela

hace que sea imposible dejar escapar

de mi cráneo

el vapor de la locura.

Entre la culpa

y naufragar 

naufragar

en ese hábito

de cerveza económica

de las 15 a las 21

y revisar archivos

encuentro un escrito mío.

Ese texto truncado

tiene fecha

de pocas semanas antes del shock

que era

de algún modo previsible

y que Liz creía

vos creías

a todo lo que dejaba de funcionar

que se parecía

según Liz

según vos

a una fruta caída

pero no

madura

ni comestible

más bien

desaparecida

del hálito de la naturaleza

por las hormigas.

Hay algo del amor

pienso ahora

algo

catastrófico

que se apronta

como hecho o episodio

que se da

a posteriori

y que se recapitula

en el desamor

sobre el duelo

siempre a posteriori

después

de

que

suceda

por eso, entiendo

y ahora pienso,

que eso fue algo de

indicios

da igual,

lo que el uno y el otro se reservan

o reservaron

lo que el uno y el otro se confiesan

o confesaron

a terapeutas

amigos

amantes

o desconocidos

y que en la explosión

o dinamización

se dispara

como un proyectil

y acto seguido

del proyectil

del proyectil acercándose al blanco

a la meta

al metal

y al óxido

del blanco

y acto seguido

del «ah, caí en la cuenta, qué estúpido»

aparecen

taquicardias y pánicos

(lo cual como antídoto

la taquicardia y el pánico

se curan

con exceso de taquicardia y pánico,

lo cual

es un poco

franquear la idea de nuestras lápidas

romperlas recién salidas de fábrica.

¿Se podrá,

pienso ahora,

llamarle a la muerte

a la catatonia de la mente

Estación Terminal?

No me cabe incertidumbre

ni duda

de que eso es lo que Liz

hizo conmigo

o con mi mente

claro

lo hizo

como si portara el manual DSM

entre los dedos

y al cabo de leerlo dijera

«estás loco»

«no vas

a poder

con el vapor de la locura»

recorriendo con los ojos

una edición de bolsillo

escondida entre las manos

del DSM

sin embargo

lejos de odiarla

de culparla

o cualquier parafernalia

de odio

o de desprecio

la guardo

a ella

como a un dedal de porcelana ruso

en un rinconcito

de papelitos glasé

de mi vida:

el órgano vital,

el corazón:

donde nace y muere

la pureza

donde se entierran

y desentierran

a los muertos

a los que

nadie les dio

sepultura o parto.

«Esa puta argentina

era una maldita psicótica,

ya tú sabes,

e hizo que la amara

como un psicótico»,

me cuenta un amigo

chileno,

yo in fraganti

con la sensación de fiebre y duermevela

mientras lo escucho

y enumera

a su ex chica enfant:

1)        28 años con emoción de 15.

2)        Bloqueo y desbloqueo de WhatsApp.

3)        Emociones de montaña rusa.

4)        Aprendizaje intelectual.

Me quedo pensando en

al menos

una de las enumeraciones y sigo

con algo de culpa.

¿Habré hecho

lo mismo?, me digo.

El tiempo arreglará o no

esa duda

algo de a dos

al principio

de si fuimos el uno y el otro

algo cómplices

y algo individual

después

de si fue ella o yo

ella

o

yo.

Tal vez

nos arriesgamos

al viejo sentimentalismo

a cielo abierto

y a la aventura romántica

que creyeron los realistas del siglo XIX

Sthendal o Flaubert 

en el amor

en el amor

incrustado como un caramelo en el paladar

así

semejante

a un film de 5 horas de duración

vos, Liz, rompiendo el envoltorio

y yo llevándome

el caramelo

a la boca

sin entender

el gusto ni el sabor

sin nada para agregar.

Aceptemos, Liz, que dos más dos

le dan vida

al cuatro

al número par

y que hay ecuaciones

en academias de

epistemología

o en academias de fenomenología

incluso

o de la lógica en general

que son la bóveda celeste de la de fe

y del misterio:

yo

no puedo

dar explicaciones

de qué hice con tu delicada pólvora.

Tal vez

algún día

nos veremos

afuera del quiosco

donde cayó

el envoltorio

de ese caramelo

y otros, Liz,

otros verán

nuestro álbum

el rodaje del film de duración de 5 horas

de

frágiles

idiotas

vos y yo, Liz,

con las caras vendadas

y una colección multicolor

y filosa

de cubiertos Tramontina

jugando

a la lucha libre

y yéndonos temprano

a la cama

porque dimos fe

o eso creímos

de que mañana

sería otro gran día.

(*) Poeta y escritor de Saladillo

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